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Medallón del Niño Jesús

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Como probablemente sabe, muchos santos le tuvieron una especial devoción al Niño Jesús, no sólo en Navidad, sino durante toda la vida.

¿No le parece que el Niño Jesús nos está bendiciendo y diciéndonos que, siendo Dios...

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Como probablemente sabe, muchos santos le tuvieron una especial devoción al Niño Jesús, no sólo en Navidad, sino durante toda la vida.

¿No le parece que el Niño Jesús nos está bendiciendo y diciéndonos que, siendo Dios, fue Él quien nos creó, que sigue cada instante de nuestra vida, como un padre a su hijo, que nos sustenta, nos levanta cuando caemos, nos anima en las dificultades de la vida, nos salva y nos lleva de la mano camino de la felicidad eterna?

Permítanos una sugerencia para esta Navidad:

• Manifieste públicamente su amor al Niño Jesús llevando su medallón al cuello o colgándolo en su árbol de Navidad.

• Deposite su alegría, deseos y preocupaciones a los pies del Niño Dios que, en el pesebre, sonríe misericordiosamente bajo la mirada admirativa y purísima de María Santísima y de San José.

• Ayúdenos con un donativo a regalar este medallón a los más necesitados y a proseguir con todas las demás actividades caritativas.

• Si lo prefiere, sea también un buen samaritano y regáleselo a familias desfavorecidas que conozca, durante el período navideño.

Como probablemente sabe, muchos santos le tuvieron una especial devoción al Niño Jesús, no sólo en Navidad, sino durante toda la vida. San Antonio de Padua, por ejemplo, tuvo tal intimidad con Él que sus imágenes y pinturas lo representan con el Niño Jesús en los brazos.

¿Sabe usted por qué?

Cuenta la historia que estando fray Antonio e Padua y sintiendo que se acercaba el final de su vida, se retiró a la propiedad del conde Tiso VI Novello, en Camposampiero, para descansar.

Para que tuviera más recogimiento, el conde había ordenado que construyeran una casita de madera entre las ramas de un enorme nogal, donde el santo podría entregarse a la oración con más facilidad.

Cierta noche, del interior de la cabaña emanaba una intensa luz. ¿Qué pasaba en su interior? El conde se acercó y abrió ligeramente la puerta y vio a fray Antonio conversando y jugando con el Niño Jesús en sus brazos.

Maravillado, no logró cerrar la puerta y permaneció allí algunos minutos. Cuando el diálogo cesó y el Niño Jesús desapareció, san Antonio se dio cuenta de la presencia del conde y, dirigiéndose a su bienhechor y amigo, le pidió que no comentara con nadie lo que había visto.

Únicamente después de la muerte de san Antonio, el conde contó el milagro y entonces se conoció la fuente de la sabiduría y del extraordinario don de elocuencia del santo, que tuvo durante su vida numeroso momentos de convivencia con el Niño Jesús.

También la gran Teresa de Jesús, mística, doctora de la Iglesia, le tuvo enorme devoción al Niño Jesús, al quien le confió la protección de sus monjas.

En cada una de las fundaciones carmelitas, santa Teresa ordenaba que colocaran, no un medallón como el que tiene ahora en sus manos, sino una imagen del Niño Jesús. Incluso, existe una leyenda que afirma que la bellísima y milagrosa imagen el divino Infante, hoy venerada en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, de Praga, República Checa, habría pertenecido a la religiosa reformadora del Carmelo.

La tradición carmelita cuenta también un encuentro personal que tuvo santa Teresa con el Niño Jesús, ocurrido en el monasterio de la Encarnación, de Ávila.

Un día, mientras bajaba las escaleras se topó con un hermoso niño.

Sorprendida al ver a un chiquillo dentro del convento le preguntó: «¿Y tú quién eres?». Y él le contestó con otra pregunta: «¿Y quién eres tú?». Y la madre le respondió: «Yo, Teresa de Jesús». Y el muchacho sonriente le dijo:

«Pues yo soy Jesús de Teresa».

¡¿No son estos ejemplos emocionantes, que nos llevan a tener un amor mayor al Niño Jesús, no solamente en Navidad, sino durante toda nuestra vida?!